Ponte que entras por una puerta de una tienda vieja, cutre, de un barrio alejado del centro. De esos barrios en los que la gente va a tirar la basura en pijama y zapatillas, y donde no se colocan luces de navidad. La tienda huele a rancio y a humedad. A un lado tienes una bicicleta con las ruedas pinchadas, al otro un equipo de buceo. Un mostrador de cristal con videojuegos de los noventa y esa maquinita de tetris con pinta de game boy. Y tras el mostrador un hombre ya mayor que, acostumbrado a que la gente pase de largo de su tienda, te mira con sorpresa y nisiquiera responde a tu cordial "Buenas tardes".
Al fondo unas escaleras de madera más viejas que la propia tienda rechinan mientras las subes. Y ahí estás: EL CIELO.