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viernes, 5 de junio de 2015

Cementerio

Voy a aprovechar este pequeño espacio para hablar del mayor cementerio nunca existente: Disfrutad su arte, sus esculturas y sus maravillosos grabados, ¡nunca podréis imitarlos!

A la derecha nada más atraviesas la puerta se encuentran las pinturas de colores, algunas rotas por la pasión de los artistas al recrear el mundo, otras tratadas con sumo mimo. Esas, si me lo permitís decir, son unas amargadas. ¡Sigamos! A la izquierda los juguetes: muñecos, puzzles... ayer llegó una partida sólo con el juguete de moda de las navidades pasadas... ¡Se me rompe el corazón! 
A lo largo de los pasillos las manualidades, destrozadas por la edad y por unos pegamentos que no aguantan bien el tipo... ¡Menudas peleas se montan por saber de quién es qué!
Por último, todos los pasillos conducen al centro. Allí están los mausoleos: construcciones de arena, cabañas de madera, piedras apiladas o mis preferidas: las trincheras de salón, hechas con tres sillas y una sábana. El refugio perfecto para los rebeldes... En estos mausoleos descansa el mayor tesoro de la humanidad: aquel que te hace preguntarte por qué siempre tiene que ser la hierba verde o el mar azul. Por qué tiene que haber sólo un sol, o sólo una luna. En estos mausoleos se encuentra la imaginación infantil. Se cuenta que en la especie humana tienen un ritual, que se prolonga durante años, para arrancarla de cada persona, como un símbolo de la llegada a la madurez. 




¿No es absurdo?

domingo, 3 de mayo de 2015

Andias



... 
Noelia no está en su habitación. Los señores Gutierrez tardaron varios segundos en procesar que su hija no estuviese en casa y, casi más por trámite que por mera preocupación, llamaron a la policía para denunciar la desaparición de su hija. Transcurrido un tiempo prudencial, hicieron el funeral de rigor y siguieron con sus vidas, felices de no tener cargas.

No es difícil entenderlos: Noelia sólo les daba decepciones. Ella era la pequeña, por casi 2 minutos. Manuel, su gemelo, siempre fue lo contrario a ella: un niño abierto, espabilado, cariñoso, egocéntrico y egoísta: el típico niño destinado a ser el preferido de los padres. Noelia siempre vivió a su sombra, siempre era "la hermana de", o "la otra". Manuel era demasiado egoísta del cariño paterno, por lo que, al igual que dos árboles demasiado juntos, él se atiborró con todo y la dejó a ella suplicante y agonizante. En el colegio, Manuel siempre se ganaba a los profesores, lo que hacía que lo aprobasen hiciera lo que hiciera. Noelia, por el contrario, era de esas niñas de las que los profesores nunca recuerdan el nombre, nunca dejó huella en nadie, y nadie se interesó nunca por ella para nada bueno. Todo eso hizo que Noelia viviese más en sus ensoñaciones que en la vida real. Era de esas niñas que adoraban el momento de ir a dormir, porque ahí podían abrirse al mundo. En su cabeza, en sus pensamientos, era feliz, sintiendo la aprobación de sus amigos imaginarios.

Noelia no tenía amigos en el colegio, pasaba los recreos escondida en el baño para que no le quitasen el bocadillo. Por desgracia, las niñas de su clase la encontraron, y tildándola de egoísta, le dieron una ducha no muy agradable. Su siguiente refugio fue la biblioteca. Como la bibliotecaria siempre estaba vigilando, las niñas no podían hacerle nada, y Noelia estaba al fin a salvo. Todos los días, en el momento en el que sonaba la campana para ir al recreo, ella corría más que nadie hasta refugiarse entre los libros. No es de extrañar que se acabase dando a la lectura, al principio más por curiosidad, y luego por avidez de historias. Descubrió que esos mundos que tenía en su cabeza tomaban forma en los libros, y aprendió a amarlos.

Noelia cada vez desarrollaba aficiones más solitarias: ver películas, leer libros, pintar, escribir... no salía de casa excepto cuando la obligaban. Sus padres no podían evitar hacer comparaciones, al contrario, basaban en ello todo su sistema educativo. Y ese día no fue una excepción. Pensaban que así Noelia podría parecerse más a Manuel, el hijo perfecto que, ironías de la vida, justo en ese momento estaba bebiendo su primer cubata en el parque.

Noelia tenía un universo entero en su cabeza. Todas las noches se adentraba en él, un mundo parecido al nuestro situado en un sistema de una galaxia cercana, oculto bajo un escudo que refleja
completamente la luz para resultar imperceptible a los humanos del planeta B, esto es, la Tierra. Este planeta hermano tenía unas diferencias considerables con el nuestro: la gravedad era un poco menor, por lo que te cansabas menos, el cielo era de color beige, y estaba coronado por una estrella roja como un rubí. La hierba, los árboles y las plantas eran de un tono azul profundo, y abundaba el cristal, por lo que los humanos de ese planeta habían aprendido a utilizarlo en sus construcciones, creando edificios con él que alcanzaban su mayor belleza al atardecer. Una noche, en ese mundo paralelo, se enamoró. Su nombre era Andias, como un poeta de la antigüedad. Andias la conquistó poco a poco, colándose en su casa de forma casi imperceptible: por medio de la radio. Cada noche, en el momento en el que Noelia encendía la radio en sueños, durante unos segundos sonaban unos pitidos en algo parecido a morse.

Andias estuvo tres días enviando el mensaje hasta que Noelia se percató. Al despertar, Noelia se acordaba complentamente del mensaje, y pasó todo el día pensando en cómo responderle. Obviamente era para ella: era su sueño. Decidió que, esa noche, iba a comprar un transmisor de radio para, en su misma frecuencia, responderle.

Poco a poco, los mensajes eran más largos. Se iban conociendo cada vez más, y un día se vieron en persona. Ya estaban enamorados, y en el momento en el que se vieron, lo único que hicieron fue abrazarse: cualquier palabra sobraba en ese momento.

Ese semestre Noelia suspendió todas las asignaturas, y en Febrero ya ni se presentó a las clases. Pasaba los días pensando en el momento de volver a dormir, para volver a encontrarse con Andias. A él no le parecía bien que ella no hiciese caso de sus responsabilidades, y tuvieron su primera discusión.

Noelia se pasaba todo el día encerrada en su habitación: sólo realizaba una comida al día en el momento en el que sus padres ya se habían acostado. Su hermano ya no vivía con ellos: estaba "estudiando" en Madrid.

Una tarde lluviosa de abril, Noelia salió de su habitación, atravesó el pasillo ante la asombrada mirada de sus padres y se fue. Volvió dos horas después, con una radio y un transmisor. Después de ello, y sin mediar palabra con nadie, se volvió a encerrar en su cuarto. Así comenzó su búsqueda de Andias en la vida real.

Pasaban los años. Manuel ya tenía trabajo e hijos. Noelia seguía encerrada en su cuarto, en pijama, buscando incansablemente su lugar. Se pasaba el día enviando aquel mensaje de sus sueños una y otra vez, en distintas frecuencias, esperando la respuesta correcta. Y todos los días, una y otra vez, como respuesta sólo recibía silencio.

Sus padres hacían ante sus vecinos como si no pasase nada: que tenía un negocio por Internet, que si le iba muy bien... No sabían qué sería de ellos en el momento en el que explotase la mentira. Intentaban hablar con Noelia, pero ella no respondía. Le gritaban, lloraban, o a veces suplicaban. Necesitaban que se buscase un objetivo en la vida. 

Habían pasado ya 10 años. Noelia seguía intentándolo, sin esperanza, pero con miedo de que, si abandonaba, no tendría nada en la vida. Y de pronto, su radio captó una señal.

sábado, 28 de marzo de 2015

Nuestra Canción

Como todos los meses, hoy traigo el relato con el que participé en el taller de Literautas. El requisito era, simplemente, que apareciese una radio encendida. Espero que os guste.


— Cariño, tenemos que hablar. No, no pongas esa cara. Esa misma, esa que pones cada vez que digo esto. Esa cara de que tu nunca has roto un plato y yo soy una neurótica. Mira, empiezo a sentirme atrapada en esta relación. Apenas salimos, pasamos todo el día encerrados en la misma habitación, compartiendo cada segundo de nuestras 24 horas.
Amelia parecía realmente enfadada. Su coqueto maquillaje resaltaba la estricta línea de sus labios, y sus ojos fulguraban bajo la sombra de sus oscuras pestañas. Es una mujer actual, joven y orgullosa, y necesita hacerse valer ante su marido.

— Empieza a hartarme la situación. Entiendo que quieras hacer cosas juntos, es algo que tenemos que hacer al ser una pareja, pero... siento que no tengo intimidad— Suspiró—. Me siento vigilada todo el rato. Sé que no es así, pero sí que me siento condicionada en qué hago, qué dejo de hacer, qué miro y qué dejo de mirar. Preguntas, preguntas, y lo entiendo, es curiosidad, pero... joder. Basta ya. Estamos en un espacio demasiado pequeño. Sí, sí, sé que no es tu culpa. Que me quieres y que quieres estar conmigo. La solución es hacer cosas nuevas. Aún somos jóvenes, no tenemos por qué encerrarnos como viejos. Por eso te traje aquí. ¿Ves qué monada de decoración? es una tetería de inspiración rococó. Hablaron de ella ayer en la radio, le hicieron un reportaje, ¿sabes? ¡fíjate, si hasta ponen manteles! Aquí viene todo el pedigrí de la ciudad, créeme.
La cafetería era un espacio muy concurrido. A Amelia le costó divisar un sitio libre, y, a pesar de la poca movilidad que le daban la falda de tubo y los tacones, consiguió correr hacia la mesa y llegar antes que nadie. 

— ¡Anda, mira! Ahí viene el camarero. A mí póngame un té negro con canela, por favor. ¿Tú qué quieres, cariño? ¿cómo un café, si estamos en una tetería? ¡eres de lo que no hay, siempre dejándome en ridículo! ¡Aiiins! garzón, póngale a este mendrugo un café con leche.
Mientras el camarero servía las bebidas, se hizo un silencio incómodo en la mesa. Amelia se masajeaba las sienes.

— No entiendo qué te pasa, de verdad. ¿Cómo puedes tener tan poca clase? ¡Aún encima me vienes con eso! No, no te rías, como pidas una cerveza te mato. ¡Cómo te gusta avergonzarme! Mi madre tenía razón, me merezco mucho más. ¡Ay, si hubiese pescado un hombre rico, y con clase!...
Amelia apoyó la cabeza sobre las manos, evitando mirar al frente. Tras unos minutos, rompió el silencio:

—¿Escuchas? ¡Es nuestra canción! ¿Te acuerdas de aquella noche, en el baile del pueblo? ¡Qué jóvenes éramos! Tú me sacaste a bailar, ¡Y qué buen mozo eras!... ¡Ay pero qué zalamero! — Amelia se ocultó tímidamente la cara entre las manos — ¿Que si quiero bailar? ¿Y qué pensarán el resto, viéndonos bailar con una canción de la radio? — Dijo mientras se levantaba con elegancia de la silla.

La señora Amelia se levantó de la silla. La falda, larga y negra, rozó suavemente el suelo, dejando ver con el movimiento unos tobillos hinchados y unas piernas con varices. Pero ella no lo notaba. La gente de la mesa de al lado la miraba mientras ella, orgullosa, sonreía con una cara maltratada por la edad y una barra de labios mal puesta. Se colocó en el centro de la sala, y sus pies se movieron siguiendo el vals.


En la mesa, el enfermero recogió una taza vacía y un café frío.

sábado, 28 de febrero de 2015

Luna Roja

En el relato que comparto con vosotros este mes, intenté una historia con formato blog, o sea, empezando por la resolución. Quizás no esté muy logrado, pero he disfrutado escribiendo una historia en la que la complicación es no contarlo todo al final... Espero que vosotros también la disfrutéis al leerla :)

Luna Roja

Por: Aradlith


Miércoles, 8 de octubre de 2014

Esto es lo último que voy a escribir. Querría dar las gracias a todos esos lectores que estuvieron ahí, junto a mí, acompañándome en mi investigación a través de esta bitácora online, mostrándome vuestro cariño y apoyo. A vosotros, que tanto me habéis ayudado, no sólo a esclarecer este último tema, sino en mi día a día, muchas gracias, de corazón. Y por eso os dedico mis últimos minutos, contándoos cual ha sido mi decisión final (que ya deberéis intuir si habéis leído las entradas anteriores).

Sentí durante mucho tiempo que todo este tema de la Luna Roja me sobrepasaba. Siempre he sido una persona cobarde por naturaleza, pero por fin he conseguido superar mis miedos. Ayer, en una de mis ahora tan comunes noches de insomnio, he decidido que es hora de dejar de esconderse. Ya he abandonado a Gaia una vez, no puedo volver a fallarle. Tengo que volver y sacarla de todo esto. Voy a volver a colarme en el aquelarre, o romería como lo llaman ellos, en los soportales del Berbés. La verdad es que sigue pareciéndome increíble que el ayuntamiento, sabiendo todo esto, mire hacia otro lado.

No se dónde voy a estar cuando leáis ésto. Pero si lo leéis, tened por seguro que es porque me ha pasado algo. Este mensaje de despedida lo he programado para que se publique en tres días, así que no vais a poder hacer nada por mí. Bueno... miento. Sí que podéis hacer algo por mí. Difundid este blog, toda mi investigación, y que salga a la luz. Copiadlo en vuestros ordenadores, y posteadlo por toda la red. Os lo borrarán muchas veces, pero no será suficiente. Imprimidlo, colgadlo en las farolas y en las paredes públicas, dejadlo en los bares para que se lea, bibliotecas, hospitales... donde sea, pero dadle visibilidad. Tengo mis esperanzas puestas en vosotros.

Un enorme abrazo de despedida, y, como siempre os digo,

Los seres humanos no estamos preparados para conocer qué albergan los misterios del universo.

Martes, 9 de septiembre de 2014

Hace casi una semana, al anochecer, estaba esperando el autobús en la parada del ayuntamiento cuando me pareció ver a Gaia subiendo al Castro. Justo era la luna llena anterior a la Luna Roja.

Gaia me hizo prometerle el otro día que abandonaría la investigación, que era algo que me superaría... Y sé que tiene razón. Es peligroso, entiendo los riesgos, sobre todo después de lo que he visto hace casi seis meses. Pero si es peligroso, yo lo sé, y ella lo sabe... ¿Por qué se mete en la boca del lobo? ¿Por qué va a donde sabe que van a celebrar un aquelarre? Igual es por envidia. Ella, que sabe más que yo, pudo haber sentido celos de lo que he visto, y quiere verlo ella también.

Con esas ideas en la cabeza, subí detrás de ella. Una vez arriba, en medio del bosque, volví a sentir lo mismo que cinco meses antes. Todo a mi alrededor quedó en silencio. Veía el viento mover las ramas de los árboles, veía los coches pasar, pero según me acercaba a donde estaban ellos reunidos todo enmudecía. A pesar de que quería dar la vuelta seguí caminando, persiguiendo la sombra de lo que creía que era Gaia. Y de pronto, como hace cinco meses, el sonido estalló en mis oídos. Ya me había habituado al silencio absoluto, así que volver a oír me sobresaltó. Escuché tambores y voces entonando notas inimaginables perdiéndose entre el viento. Y me olvidé de Gaia. Seguí avanzando, con cuidado de no ser vista, y busqué una posición para ver el ritual.

Al principio no veía nada, era como una danza de sombras deformes. Pero según se fue adaptando mi vista a las condiciones del lugar, vi las siluetas tapadas completamente con túnicas negras, cuyos bailes, frenéticos y violentos, estaban marcados por el sonido de los tambores . No sé cuánto tiempo pasé observándolas, pero cuando me di cuenta la luna ya estaba en su punto más alto. Y esa luna... Cada vez que la veía más segura estaba de encontrarme en otro mundo. Era enorme, y brillante, una luna imposible en nuestro planeta. Discerní entre las danzantes sombras una túnica color rojo sangre entre el montón de túnicas negras, que abandonaron sus bailes y cantos al momento. Entonaba con una fina voz de soprano conjurando a los Dioses. Esta melodía sonaba distinta a la de cinco meses atrás, no solo por la voz, si no por que no me repugnó, al contrario, me pareció el sonido más hermoso que escuché nunca. La mujer (por la voz y las formas que se adivinaban a través de la túnica) llevaba una cesta, de la que sacó una paloma blanca y un cuervo, ambos con los ojos tapados. Cogió al cuervo, y siguió cantando mientras le arrancaba las alas y el pico. El cuervo soltaba un olor putrefacto que casi me hace desfallecer. Esa mezcla atracción-repulsión que sentí en ese momento me mantuvo atada al sitio en el que estaba, hipnotizada. 

Un grito estridente por parte de la mujer de la túnica roja me sacó de mi estupor. Sostenía el cuervo en una mano, y un puñal de plata en la otra. Abrió al cuervo en canal, derramando su sangre sobre la paloma blanca, empapándola completamente. Ató la paloma a una estaca, y volvieron a retumbar los tambores. Ahora los bailes eran infrahumanos. Se contorsionaban de maneras imposibles, saltaban por los aires elevándose casi dos metros, e incluso creí ver a alguno de ellos volar. Sentí que estaba volviendo a vivir lo de hace cinco meses, y de golpe me acordé de Gaia, así que empecé a buscarla. No apareció por ningún sitio, y la luna estaba a punto de ponerse. No quería que me encontraran allí terminado el ritual, por lo que huí. Me autoconvencí de que ella ya no estaba, que había escapado antes y que quedarme allí era una temeridad, y corrí. 

Llevo varios días con el remordimiento de no haber hecho más por ella. Es probable que la hayan capturado, y pude haberlo evitado. Pero como siempre, el miedo me lo impidió. Soy esa clase de persona que en el momento en el que tiene la posibilidad de hacer algo importante siente miedo y solo busca esconderse. Y ahora por mi culpa ella...

No sé que hacer, no sé dónde vive, ni tengo su número de teléfono. He ido a la policía, pero no me han tomado en serio. ¿Quién en su sano juicio creería que en pleno siglo XXI se puede secuestrar impunemente a una mujer joven de esa forma? Y más aún, ¿quién cree realmente en las meigas?

Espero estar preocupándome en vano, y que Gaia haya salido corriendo al igual que lo he hecho yo.

Un saludo, y, como es costumbre,

Los seres humanos no estamos preparados para conocer qué albergan los misterios del universo.


Viernes, 22 de agosto de 2014

Ayer llegué a la cita, en la cruz de los caídos, y Gaia estaba esperando. Me resultaba conocida, estaba segura de haberla visto antes. Es una mujer de unos veinte años, con el pelo lacio y negro hasta el final de la espalda. Iba vestida totalmente de negro, con una camiseta de manga larga y unos vaqueros. Su piel era tan blanca que el sol casi se reflejaba sobre ella. Yo, para variar, iba asustada, pero en cuanto la vi me tranquilicé. Nos presentamos, y empezamos a hablar. Por lo visto ella me vio ayer en la biblioteca Central, y como también está investigando el tema de la Luna Roja en Vigo, quiso conocerme. Es normal, a veces te gusta sentir que no estás sola cuando todo el mundo te toma por loca. Al poco tiempo ya hablábamos como buenas amigas.

Me contó que ella lleva más de dos años informándose sobre esas “sectas”, por llamarlo de algún modo. Todo tiene que ver con unos seres, conocidos como “dioses”, de un gran poder destructor y una mente poco desarrollada en su gran mayoría. En raras ocasiones se tropiezan con humanos, y cuando lo hacen, lo más probable es que estos últimos acaben muertos en el mejor de los casos. Existen ciertos grupos de personas que sirven de intermediarios entre los dioses y los seres humanos, con el poder suficiente para dominar a algunos o incluso pactar con otros. Estos intermediarios, sean brujos, hechiceros, chamanes o meigas, no solo ejercen de intermediarios entre nosotros y ellos, sino que también pueden controlarlos en su favor, pudiendo llegar a alcanzar un gran poder. Hay dioses con los que es imposible tratar, que se mueven puramente por impulsos, y con ellos la única solución es aplacar sus instintos por medio del poder de los intermediarios, que no dudan en sacrificar animales o incluso humanos si es necesario.

Gaia se mostró muy interesada cuando le conté lo que vi hace cuatro meses. Ella, que tan solo había leído registros antiguos y escuchado leyendas de las que se transmiten de boca en boca, no podía creer haber encontrado a alguien que realmente hubiese presenciado uno de sus rituales más importantes, o “romerías”, nombre en clave que les han dado entre ellos hace siglos para poder hablar más libremente del tema entre la gente del pueblo. Me dijo que lo que yo vi era la ceremonia para calmar al dios que duerme en lo más profundo del agua. Ese dios es una criatura violenta e irracional que despierta con cada Luna Roja, cuyo único impulso es arrasar todo lo que se encuentre a su paso, hasta que esta luna se ponga en el horizonte. 

En ese momento le dije que me parecía increíble que no se supiese nada, a lo que ella me respondió: “¿Y quién te dice que no se sepa nada? Simplemente miran hacia otro lado, permitir la romerías puede ahorrar muchos problemas a una comunidad”.

Poco antes de despedirnos, me dijo que el nueve de septiembre será la luna llena anterior a la Luna Roja. Ese día las meigas van a realizar un ritual de preparación en El Castro, así que, aunque sienta curiosidad, es mejor que no me acerque. Y tiene razón, es algo que nos supera a las dos. Quizá es mejor dejar actuar a las meigas y mirar hacia otro lado, porque como siempre digo, 
Los seres humanos no estamos preparados para conocer qué albergan los misterios del universo.

Jueves, 21 de agosto de 2014

Antes de nada, me gustaría daros las gracias a vosotros, que me leéis y me apoyáis. Me alegra saber que hay gente que me escucha, que no estoy sola. También he recibido alguna crítica, pero realmente superan las palabras de ánimo a las de odio, a las que por cierto, ya soy inmune. Es lo que pasa cuando desde pequeña es lo único que recibes por parte de quienes te rodean.

Siguiendo vuestros consejos, he decidido comenzar mi investigación en la biblioteca Central, pero por desgracia no he encontrado nada. He ido también a preguntar a la gente de la zona del Berbés, por si sabían algo, pero me trataban como si estuviese loca. Me he sentido bastante incómoda durante toda la tarde, he de decir. Notaba las miradas de todo el mundo sobre mí, y que la gente evitaba hablar conmigo. Aunque es probable que no sea nada, como suele decir mi psicólogo, y que todo lo que siento nace en mí. Es normal, después del “delirio” que todos aseguran que he sufrido. Mi madre dice que soy “una suerte de Quijote, dí en loca de tanto leer tonterías”. 

Casi había llegado a creérmelo, hasta que vi vuestros mensajes de apoyo. Ahí me di cuenta, al leer que vosotros también habíais entrado en contacto con elementos fuera de la lógica humana de una forma u otra, de que no estoy sola, y de que sobre todo, no estoy loca. Simplemente yo he perdido la venda que el resto del mundo se preocupa de mantener sobre sus ojos.

Otro de los factores que me ha impulsado a tomarme en serio este tema es una carta que alguien coló por debajo de la puerta de mi casa. Eran apenas un par de líneas, citándome mañana en El Castro, en la Cruz de los Caídos, al crepúsculo. Decía ser de alguien con mis mismos intereses.

Me han llamado la atención el lugar y la hora. ¿No podría haberme citado en una cafetería a las cinco de la tarde? ¿Y cómo me habrá localizado? Da un poco de miedo este tema. Haré caso del consejo que me daba mi difunta abuela, y llevaré un pequeño alfiler en la camiseta... Por si se complican las cosas.

Mañana os cuento cómo sigue todo esto. Recordad que 

Los seres humanos no estamos preparados para conocer qué albergan los misterios del universo.

Lunes, 16 de Junio de 2014

La gente me dice que estoy loca. Y no loca en plan adolescente, no, loca de psiquiátrico. Me mandan al “rebullón”, como se dice por aquí. Y yo no se que pensar. He pasado un mes entero en hospitales, completamente drogada, y el siguiente en terapia. Dicen que he sufrido un cuadro delirante-alucinatorio, pero que eso no tiene por qué significar nada, simplemente veces le pasa a la gente mentalmente sana. Mi psicólogo me animó a que abriese un blog para contarlo, pues me haría mirar lo que creí que me había sucedido desde otra perspectiva.

Para poneros en situación: soy una persona que siempre se ha sentido atraída por el mundo paranormal: revistas, programas de TV, libros... todo lo que tratase esa temática yo lo engullía.

Así que no es raro que quisiese dar un paseo bajo la luna llena el 14 de abril, la noche de la primera Luna Roja. Aunque no se pudiese observar demasiado bien, sentía que tenía poder, que me llamaba. Cuando estaba en el Berbés, donde los Soportales, noté algo extraño, aparte de que no hubiese una sola persona, o incluso una luz a mi alrededor. No sabía que era, pero me molestaba. Hasta que caí en la cuenta de que era el silencio. Era un silencio total: no se escuchaba el mar, ni mis pasos. Quise hablar para romperlo, pero ningún sonido salía de mi garganta. Tenía mucho miedo, pero seguí caminando. 

Hasta que el sonido invadió de golpe mis oídos. Era un sonido de cantos y tambores. Ahogué un grito, ¿cómo no pude escucharlo antes?. Me acerqué despacio, tratando de no interrumpir. Bajo los soportales pude ver un grupo de gente vestidos con túnicas negras, semejantes a sombras, bailando de una forma tribal. Saltaban, se contorsionaban, o se arrojaban al suelo mientras sufrían fuertes espasmos. Y sobre sus gritos y sus cantos, una voz destacaba sobre el resto. Era una voz muy melodiosa, pero entonaba un cántico agresivo y desagradable. Quise correr, pero en vez de eso me acerqué más. Este canto repugnante salía de la garganta de una mujer vestida con una túnica con capucha, igual que la del resto, pero de color rojo oscuro. Siempre he oído decir que en muchas culturas el rojo oscuro se relaciona con la muerte en contraposición al rojo brillante, que representa la vida. La mujer llevaba un pequeño puñal con piedras blancas de brillo azulado engarzadas (las famosas piedras lunares), que levantó ceremoniosamente mientras seguía con el cántico. Yo estaba aterrada. No pude reconocer el idioma en el que cantaba, y ni siquiera creo que una persona sea capaz de emitir con su garganta muchos de esos sonidos. Me moví de mi sitio para poder ver sobre qué iba a utilizar ese puñal, y vi una mujer. Tenía el pelo lacio y negro hasta el final de la espalda. Estaba desnuda, atada de manos y pies, y tenía la piel tan blanca que la luna brillaba sobre ella. Era un brillo rojizo. Miré hacia la luna, y puedo jurar que nunca la había visto tan grande, ni tan roja. Es como si fuese otro mundo. La mujer de la túnica roja empezó a hacer incisiones en la piel de la joven desnuda, que no era capaz ni de gritar de dolor. Quise llamar a la policía, pero mi cuerpo no respondía. Estaba paralizada de terror. Pude ver en el cuerpo de la joven desnuda las marcas, y vi que no habían sido puestas de forma fortuita. Al contrario, tenían como una extraña correlación entre ellas, no sabría explicarlo. Era una mezcla de curvas y rectas entre las que se habían dibujado unos caracteres que nunca había visto. Igual estaban en el mismo idioma que el cántico de la maestra de ceremonias.

Noté los pies mojados, no me di cuenta de que había subido la marea, llegando al punto de inundar completamente el ensanche. Recuerdo haber pensado que cómo puede ser, si el ensanche estaba completamente inundado, que el agua apenas me llegase a los tobillos. Volví a pensar en que parecía estar en otro mundo, un mundo que no se rige por las mismas leyes lógicas que el nuestro.

Pararon todos los cánticos, y escuché un eco de algo que recordaba al canto de una ballena a lo lejos. Ese sonido parecía acercase. Y, de donde hace un rato estaba el ensanche, asomó la cabeza de un ser negro, viscoso deforme. Pude ver que era una criatura antropomórfica cuando extendió su brazo hacia la joven desnuda, un brazo que temblaba como si fuese de gelatina.

Y no recuerdo más. Lo siguiente son hospitales, camillas y pastillas, muchas pastillas.

Empiezo a dudar de lo que he visto. Pude haberlo imaginado, pero debió haber un detonante, algo que hizo saltar mi delirio... 

O igual es completamente real.
Los seres humanos no estamos preparados para conocer qué albergan los misterios del universo.

sábado, 31 de enero de 2015

Paraíso

Tercera y última parte de Paraíso. Si te has perdido las dos primeras partes:


Llegaron al poblado a la hora de cenar. En el cielo brillaba una enorme luna llena, tan cerca de la tierra que casi parecía caer sobre ella. La música y las hogueras dieron a entender a los cuatro marineros que esa noche iba a celebrarse un ritual importante.
Tras una copiosa cena, una de las mujeres se levantó, y entonó con la garganta un sonido monótono: una simple nota musical, que comenzó en un susurro, pero que un minuto más tarde era ya un grito. La mujer no parecía que fuese a quedarse sin aire, y siguió, durante lo que Salvador consideró una eternidad. Empezaba a sentirse incómodo en la mesa, el sonido le parecía irritante. La mujer bailaba girando sobre sí misma, cada vez más rápido, mientras emitía ese sonido que en este momento ya no sonaba humano. El sonido paró en seco en el momento en el que la mujer se desplomó en el suelo. Nadie se molestó por ella, y comenzó la fiesta con el rítmico sonido de los tambores. Unas mujeres bailaban y saltaban las hogueras, y otras se acercaban a los hombres de una forma en la que nunca se habían acercado antes. Por fin, tras todo ese tiempo, se dejaron tocar por ellos. Provocaban, se besaban, se acariciaban entre ellas. Pronto, la fiesta se convirtió en una bacanal.

Esa noche, en medio del mar, un barco rescataba a un hombre que se había aventurado, valientemente, en un pequeño bote. El capitán del barco sintió curiosidad por él:
— ¿Qué hace un hombre subido sobre cuatro palos perdido en medio del mar?— Le preguntó.
Francisco le contó la triste historia del naufragio, de cómo perdió a todos sus compañeros, y cómo los últimos que lo acompañaban decidieron quedar en una isla poblada por mujeres. Según iba contando su historia se ensombrecía la mirada del viejo capitán.
— No son mujeres — interrumpió — sino brujas. Se disfrazan bajo la apariencia de jóvenes y hermosas mujeres, pero ni siquiera son humanas. Se dice, entre la gente que navega estos mares, que son unas criaturas mitad mujer mitad pez, aunque rara vez revelan su piel escamada ante los humanos. Los atraen y los engatusan con sus cuerpos y su hospitalidad, aunque lo único que buscan de ellos es su semilla. En el momento en el que la consiguen, esos hombres ya son inútiles para ellas, por lo que se deshacen de ellos con la misma facilidad con la que los alimentaron anteriormente. Se cuenta también que los sacrifican a su diosa, un monstruo que vive en las profundidades del mar, a la que ellas llaman “madre”. Esta madre, que es la bruja mayor, se encarga de provocar las tormentas sobre los barcos, haciéndolos naufragar y atrayéndolos con las corrientes a la isla con el fin de que sirvan a los vientres de sus hijas.

En la isla, los hombres se entregaban a todas las mujeres. Cada vez que se sentían cansados, ellas les ofrecían su ambrosía, una droga especial y vigorizante que les permitía satisfacerlas. Bailaban tanto en vertical como en horizontal, no había ningún tipo de pudor ni de coherencia en sus actos: la droga había anulado toda la racionalidad humana de sus mentes para dejar paso a sus instintos más básicos.
En el momento en el que la luna se encontraba en su punto álgido, en el que más brillaba, grande y blanca, su luz se reflejó en la piel desnuda de la mujer que tenía sobre él. Ya no era una piel suave de porcelana sino viscosa y escamosa. Su color dejó paso a un gris blanquecino, el color de la muerte. Se revolvió asustado, y ella lo miró. En sus ojoso había desaparecido el iris, viéndose únicamente sobre su superficie una pupila alargada. Este ser le besó, pasando su lengua por su pecho, mientras que Salvador intentaba revolverse y escapar. Por los gritos de sus compañeros, supuso que estaban en su misma situación. Se acordó de Francisco, de su ofrecimiento de esa mañana, y se arrepintió de no haberse ni planteado el escapar con él. El hechizo había finalizado, y Salvador pudo comprender las dudas que había manifestado su amigo durante los días anteriores. ¿Cómo pudo haber sido tan idiota?
Los se silenciaron de pronto. Su ritmo, que antes podía acompasar los movimientos coitales de los hombres, ahora era frenético, rápido, expectante. Las mujeres se apartaron de ellos y un ser, medio mujer medio serpiente, con branquias y aletas, sin un solo pelo en la cabeza, y con los mismos ojos inhumanos que había advertido Salvador antes en su compañera, se acercaba lentamente, reptando entre los árboles.

Dentro del barco, mientras el capitán despedía a Francisco de su camarote tras contarle las leyendas locales, un sonido les hizo estremecerse.

El viento arrastraba el eco de un grito lejano...

viernes, 30 de enero de 2015

Paraíso Segunda Parte

Hola :) disculpad que haya dividido el relato en varias partes, pero me ha quedado escesivamente largo como para publicarla a una en el blog. Mañana la tercera parte. Si no has leído la primera, puedes leerla aquí:


Tras llegar a la isla y descansar, los tres hombres sanos decidieron que lo mejor sería explorar la isla en busca de civilización, si la hubiese, o al menos de alimento. Mientras decidían quién se quedaba junto con los enfermos, una sombra se movió tras ellos, que se encontraban tan absortos en su felicidad que no la advirtieron. Una segunda sombra se posicionó a su derecha, y una tercera a su izquierda. Cada vez llegaban más y más. Cuando las advirtieron, ya era tarde: un grupo de mujeres desnudas, adornadas con aros de oro alrededor del cuello, las muñecas y los tobillos, los miraban con curiosidad. Gentilmente condujeron a la tripulación del Alianza a la aldea, donde les agasajaron con alimentos. Una gran variedad de frutas y pescados poblaban la mesa, así como aves asadas. Mientras ellos comían, ellas los analizaban con la mirada. Esa noche, bajo una luna creciente, disfrutaron por primera vez en mucho tiempo de la música, bromeando y hablando entre ellos como si el día anterior fuese un recuerdo ya lejano. Las mujeres disfrutaban de ellos, con una mezcla entre curiosidad y pícara vergüenza, como si nunca hubiesen tenido contacto con ninguno de ellos. Una de ellas sonrió a Salvador en la distancia. Era sin duda la mujer más hermosa de la tribu: con unos largos rizos oscuros, una piel dorada y unos enormes ojos centelleantes. A Salvador le recordó a las mujeres de su tierra.
Los días pasaban, y los hombres recuperaban las fuerzas de una forma casi milagrosa. Vivían en el paraíso, rodeados de bellas mujeres y sin necesidad de trabajar más allá de participar en los juegos populares, en los que tomaban siempre las posiciones de honor. Tan sólo una pequeña sombra ennegrecía la idílica perspectiva de permanecer en esa aldea: “¿Cómo es que sólo hay mujeres jóvenes?” Repetía Francisco cada vez que alguien se dignaba a escucharle. Tras recuperarse de la enfermedad se levantaba con el sol, tomaba rumbo hacia el horizonte, y no volvía hasta que todos estaban ya durmiendo.


Ese día, Francisco reunió al resto de hombres en la playa, pidiéndoles insistentemente que apareciesen solos. Una vez juntos, caminó hacia el oeste, donde se alzaba un acantilado de rocas afiladas. Llegados allí, se dio la vuelta y dijo:
— Os voy a mostrar lo que me ha tenido ocupado estos días. — Se dirigió a una gran roca, de la que asomó la proa de una rudimentaria barca.
Los otros cuatro lo miraron, sorprendidos. Por fin, Juan rompió el silencio:
— ¿De verdad piensas volver a tu casa en... eso? ¿Por qué no permaneces aquí y disfrutas del paraíso que se nos ha otorgado?
— No considero que sea un paraíso — Argumentó Francisco —. Al contrario, nadie regala tanta amabilidad. ¿Os habéis fijado que esas mujeres nunca trabajan? ¿Dónde consiguen la comida? ¿Dónde tienen a sus ancianos, sus niños, a sus hombres?.
— Kaia me dijo que sus hombres se encuentran en otra isla no muy lejos de aquí.— Dijo Salvador.
— Más a mi favor, ¿por qué nos mantienen con ellas? ¿Qué planes tienen para nosotros? Quedaos si queréis, yo me niego a descubrirlo. He reunido provisiones para algunos meses, con un poco de suerte encontramos algún barco que nos recoja, o algo más parecido a la civilización. Si alguien quiere acompañarme, es bienvenido. Si no, os pediría en favor al tiempo que hemos pasado juntos y la amistad que nos une, que me ayudéis a desplazar la nave hasta el mar.
Una hora después el barco de Francisco estaba dispuesto a partir en la dirección en la que sale el sol. Miró y abrazó a sus amigos, y les pidió un último favor: que no dijesen nada de su marcha hasta el amanecer del día siguiente.
Juan, Alberto y Salvador permanecieron sentados en la orilla del mar hasta que desapareció la nave de Francisco, casi al anochecer.

Llegaron al poblado a la hora de cenar. En el cielo brillaba una enorme luna llena, tan cerca de la tierra que casi parecía caer sobre ella.  

jueves, 29 de enero de 2015

Paraíso


Cuando Salvador divisó la costa se sintió la persona más afortunada del mundo.
– ¡Gaviotas! – Exclamó, bajando de lo que quedaba del mástil al que se había encaramado sin ya ninguna esperanza. Abrazó a sus compañeros: estaban salvados.

No pensaron que fuesen a sobrevivir a aquella semana. Semanas atrás, una fatal noche de luna llena, el cielo se nubló de tal forma que parecía brujería. En cuestión de minutos un mar tranquilo se tornó en una trampa mortal: olas casi kilométricas, vientos aullantes y lluvia que caía con la fuerza de mil cuchillos los sorprendieron con la guardia baja, por lo que el desastre fue inminente. La tormenta fue la más fiera que había visto el capitán, y no es que su capitán pecase de exagerado; así que esa afirmación los hizo ponerse alerta. El barco volaba sobre las olas, parecía que no iba a resistir. A pesar de su robustez, la bravura del mar era tal que hasta se habrían sentido más seguros en un barco de papel... Y cayó un rallo. El cielo se iluminó sublimemente y un rallo se abalanzó sobre el mástil, partiéndolo en dos. El mástil se movió en el aire desplomándose sobre el barco, abriendo un boquete en la cubierta. El agua caía a raudales, las olas la inundaban... era cuestión de tiempo que la bodega se anegase y se fuese todo a pique. Un valeroso hombre, el contramaestre, consciente del riesgo, exhaló su último aliento en su reparación. El capitán consiguió volver, con las manos sangrando y las muñecas hinchadas, temblando de frío. Murió unos días después de hipotermia, no se pudo hacer nada. Cuando terminó la tormenta toda la tripulación hizo inventario de daños, comprobando con desesperación que las velas habían perdido su combate contra el viento, perdiéndose en el mar unas, y rasgándose en mil jirones el resto. Su única esperanza era navegar a la deriva, rezando por la salvación.
De esta manera la tripulación del Alianza se dispuso a pasar los siguientes meses. Se racionaron la comida y el agua. Por suerte o por desgracia, muchos murieron durante las primeras semanas, por enfermedad unos, acabando así con su sufrimiento y, al menos, con el estómago lleno; y por motines otros, durante el tiempo en el que los marineros tenían el suficiente fuego en sus almas como para alzarse en contra de nadie. Estos últimos al menos murieron rápido, ahorrándose la espera a un destino cada día más negro.
Algunos hombres intentaron crear un ambiente de falso optimismo, cosa que tampoco duró más allá de los dos primeros meses. Con el paso de las semanas, cada vez las raciones eran más estrictas, por lo que al cuarto mes la tripulación era apenas un tercio de los que fueron al zarpar del puerto.
El día que se salvó la tripulación del Alianza se contaban apenas cinco personas, dos de ellas enfermas de escorbuto. Ya no tenían más agua que la de la lluvia, y la comida consistía en aquello que podían pescar.
Salvador iba todos los días a sentarse al mástil, buscando una ínfima esperanza, que, por pequeña que fuese, les permitiese escapar del fatal destino que se cernía sobre ellos. Así pasaba todos los días, sentado en soledad, meditando para no pensar en sus desgracias.
Aquella mañana le pareció ver una sombra sobre el mar, y cuando levantó la vista la vio: una gaviota (señal inequívoca de que la tierra está cerca) volando hacia el norte. Y luego otra un poco más a su izquierda, y otra más... Las escuchó embelesado, para él eran casi coros celestiales. Dios los había salvado, al igual que salvó a Noé.

Una hora después pudieron divisar la isla. Por suerte el barco pasaba lo suficientemente cerca como para ir a nado. En unas horas estarían salvados. Aprovecharon ese tiempo para crear una pequeña plataforma en la que transportar a los enfermos.

martes, 30 de diciembre de 2014

Milagro

Diciembre ha sido un mes horrible. No pude entregar a tiempo mi relato de Literautas, no llegué a terminarlo. Aún así, con calma, pude revisarlo, y os lo dejo aquí igualmente. La temática de este mes era empezar con una frase, que ya condicionaba toda la historia...

Milagro
Por: Aradlith

— Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro… — Empezó a decir el el alcalde desde su plataforma.
— ¡No puede ser! ¡Qué horror!
— ¡Si es el tercero en lo que va de año!
— Ya dijeron los videntes que este año iba a haber más milagros que de costumbre.

La gente del pueblo está alterada, como siempre tras un milagro. No sabemos qué son, ni cómo se producen. Solo sabemos que cada año van a más. 

— Serénense. El protocolo de actuación nos obliga a rogarles que deben permanecer en sus casas hasta previo aviso...

El primer milagro se produjo teniendo yo siete años. Acotaron la zona, y enviaron a los mejores científicos del planeta. No se han vuelto a tener noticias de ellos, Nadie sabe qué ha ocurrido ahí. A partir de ese momento, solo recuerdo caos. Pasé mi infancia viajando de un lado a otro, siempre hacia el sur. Los políticos lo llamaron “reajuste poblacional”, nosotros lo llamamos éxodo.

— … no se han contabilizado desaparecidos. El equipo de investigación ya se encuentra en el lugar. Les recordamos que no deben abandonar sus casas, y mucho menos abandonar la isla.

Siempre dice lo mismo, el mismo discurso estúpido. Los mismos gestos, las mismas expresiones, las mismas palabras...

— … pánico. La situación está controlada…
— ¿Debemos preparar las maletas? — El alcalde, como siempre, ignora las preguntas. ¿Nos estará escuchando realmente?.
— ...problema, no tienen más que pulsar el botón amarillo que les hemos instalado. Mantengan la calma, y sean fuertes. Estamos trabajando en una solución. Muchas gracias por su atención. Esta vez no vamos a abandonar la isla. Ya no…
— ¡Si llevamos años sin mudarnos!
— ¿Cuándo nos iremos? Los expertos dicen que debemos alejarnos a más de 1000 km de la zona de milagro, y mi primo me dijo que sucedió a…
— No habrá más preguntas. Gracias. Fin del comunicado. — La imagen holográfica del alcalde desaparece ante el creciente malestar de la gente.

Vuelvo a mi choza, que comparto con otra familia. La gente se muestra resignada a este nuevo estilo de vida… ¿Será porque no han visto un milagro?

Yo tenía apenas siete años, y lo vi. Un haz de luz inundó el cielo, convirtiéndose en mil relámpagos dirigiéndose a la tierra a la vez, hacia la otra cara de la montaña. La gente estaba asustada, gritaba. Muchos se habían desmayado con el estruendo. Pero yo fui hacia donde habían caído los rayos, con la curiosidad y la valentía de los niños, los borrachos y los idiotas.
Al acercarme, paré en seco: no había nada.
Escapé de la zona tan rápido como pude, nadie se percató. A los pocos minutos, la policía acordonó el área, y después llegó el caos: traslados, mala vida, condiciones infrahumanas, gente muriendo de frío y de hambre…

Desde ese día, no sueño en otra cosa que no sea en la nada. Ni árboles, ni tierra, ni cielo. Ni siquiera negro, ni blanco. La nada no tiene color. Es simplemente… la nada.

Cada vez hay más, cada vez son más frecuentes, esos fenómenos llamados “milagros”. Se cuentan historias de tierras de abundancia, de tesoros y de maravillas allá donde se dan. La palabra, aunque haya tomado un cariz completamente negativo, sigue transmitiendo esperanza, lo único que les queda para seguir conservando la cordura.

Todas las noches pienso en ello, en contárselo a alguien, pero… ¿Cómo decir que en el horizonte se encuentra el fin del mundo?

sábado, 29 de noviembre de 2014

El cazador paciente

Como todos los finales de mes, os dejo mi relato de Literautas: El cazador paciente. El tema de este mes era escribir una historia de terror,y yo, que me encanta... pues hice lo que pude :). No es una historia adaptada a todos los gustos, claro, los comentarios que me dejaron fueron algo dispares. Uno me dijo que la veía perfecta, y otro que era una historia en la que no pasaba nada. Y es cierto que no pasa nada de forma directa, pero como en casi todo lo que escribo, lo que me pierde y a lo que doy importancia siembre es a la ambientación. Dicho esto, si os apetece leerla, aquí os la dejo:

El cazador paciente
Por: Aradlith

Todo comenzó al mudarme a aquel lugar. Antiguo como la tierra misma, amplio y con paredes de
piedra. Estaba amueblado, unos muebles preciosos de madera maciza, con tantos años o más que el propio edificio. Cortinas de terciopelo, y una alfombra persa cubriendo el pasillo. Lámparas de cristal opacadas por el polvo. Cocina de leña, e incluso una habitación para el servicio, que podría hacer de trastero. Era la casa de mis sueños, y , aunque necesitaba varias reparaciones antes de ser considerada habitable, me hipotequé para pagarla. Iba a ser el capricho de mi vida.
La primera noche que pasé allí lo escuché por primera vez. Fue en ese último momento de la vigilia en el que los sueños se entremezclan con la realidad. En un principio no le di importancia, pero ese sonido se fue estableciendo en mi subconsciente. Tardé un mes en percatarme de él. Un sonido lejano, reptante y viscoso en la habitación al fondo del pasillo. En el momento en el que fui consciente de él, paró. Yo, pensando en que eran simplemente imaginaciones mías, me di la vuelta. Justo en el momento en el que estaba dejándome llevar por mi subconsciente, volví a escucharlo, más claro y más nítido que la vez anterior... Y esa noche no pude dormir. Permanecí despierta hasta el amanecer, y, con los rayos del sol, mis miedos se disiparon dejando paso al escepticismo.
A la noche siguiente, el sonido volvió, puntual como siempre, en esos segundos antes de caer dormida. Y la siguiente. Y la siguiente a esa. Todos los días, justo antes de dormir, lo volvía a escuchar. Lo escuché en la habitación del fondo. Lo escuché reptando sobre la alfombra del pasillo. Y finalmente lo escuché ante mi habitación. Lento, muy lentamente. Tardó varios meses en realizar todo el recorrido. Y cuanto más se acercaba, más se resentía mi cordura, mi trabajo, y mi vida en general.
Ese ser, esa bestia, parecía existir tan sólo durante esos segundos antes de caer bajo el influjo de Morfeo, manteniendo su existencia en ese limbo entre el mundo real y el de los sueños. Pronto me di cuenta de que era yo quien lo alimentaba, quien lo atraía hacia mí y quien le daba la vida. Y que en mí estaba el poder de darle muerte. Pero no pude. No puedo. Necesito escucharlo, oírlo reptar y saber que es real y no producto de mi mente agotada y enferma.
Poco a poco se iba acercando, y, una noche, reptó bajo mi cama. Ese mismo día, presa del terror, escapé. Pasé algún tiempo viviendo en la calle, vagando sin rumbo, hasta que me recogió la policía y me internó aquí. Pero aquí tampoco estoy segura. Mi suplicio ha vuelto a comenzar. Esa bestia me persigue, y lo hará durante toda mi vida, en su calidad de cazador paciente. Ha establecido su existencia en mi cabeza, allí donde voy yo, tarde o temprano va él. Poco a poco, va llegando el momento en el que me arrincone contra una esquina y me arrebate lo poco que me queda ya de vida. Todas las noches lo vuelvo a escuchar acercarse lentamente, en esos pocos segundos, reptando hacia mí. Ese sonido es lo único que me consuela en estos momentos de soledad, lo único que me dice que realmente no estoy loca. Ese sonido me trae paz, y no puedo esperar hasta el momento en el que me lleve consigo.


N.A.
Añado también que la inspiración para escribir este relato surgió cuando me mudé el año pasado al piso al que vivo actualmente: alguna noche escuché algo arrastrarse por la entrada, justo al lado de la habitación... Y no, no es broma. No se que fue, pero me creó un indicio de paranoia que pude explotar al escribir.

miércoles, 29 de enero de 2014

El Olivo

Primero de todo, mis disculpas por tener algo abandonado el blog, pero llevo todo el mes con exámenes y apenas encuentro tiempo para comer... Imagino que ahora que ya han terminado, podré volver a hacerle más caso.
También que he cambiado de nombre. Ahora escribo bajo el seudónimo de Seshat, que a mi parecer viene más a cuento. Estoy empezando a preparar una entrada sobre ella, a ver si la tengo para esta semana.
Dicho esto, os dejo con mi relato de este mes de Literautas:

El Olivo
Por Seshat

Apuré el paso al escuchar las 12 campanadas. No podía creerme que fuese a llegar tarde...Presentía que esa noche iba a pasar algo. ¿Que por qué? Fácil. Si durante toda tu vida, cada noche, se repite un mismo sueño, y te levantas recordando una misma fecha... Algo pasa, ¿no?

viernes, 17 de mayo de 2013

[Relato LibrosVeo] Ave Fénix


Abro los ojos pero no veo nada, tan sólo oscuridad. Intento moverme, pero mi cuerpo no me responde. Intento gritar, pero el sonido queda ahogado en algún resquicio de mi garganta. Tras comprobar que es inútil, trato de recordar qué me ha llevado hasta allí. No lo consigo, pero a cambio me llevo un fuerte dolor de cabeza. Noto las gotas de sangre deslizarse por mi sien y mi mejilla, hasta terminar de perderse en este vacío.