
Desde pequeño he convivido con estos fenómenos: sombras que se mueven, luces que se perciben por el rabillo del ojo, voces en el viento. Pasé varios años de mi primera infancia intentando cazarlos, pero ellos siempre fueron más ágiles. Poco a poco, según se desarrollaba la parte más racional de mi cerebro (o se bloqueaba, dependiendo cómo lo mires), empecé a pensar en lo absurdo de todo ello. Veía sombras, pero siempre había alguna excusa: un árbol, algún pequeño animal pasando a toda velocidad... Las voces siempre eran producto del cansancio, pues siempre se escuchaban por las noches. Es lógico, esas voces son demasiado tenues como para escucharlas en otro momento que no sea de absoluto silencio. Las luces... lo mismo, producto de mi imaginación.
— La imaginación no es buena — me decían —. Te hará menos eficaz, te distraerá.
Esas palabras me las repetían mis padres, mis profesores, y todo mi entorno en general. Pronto aprendí que hay que priorizar la utilidad, que es lo que nos da beneficios económicos, con los que se puede comprar el bienestar, el éxito y el estatus social. Será que esta idea nunca me acabó de convencer, porque durante toda mi vida siempre he sentido esos fenómenos.
En mi adolescencia, llegó ese momento decisivo en el que todo mi entorno me instaba a sentar la cabeza:
— Estudia, sé alguien de provecho. Entra en una buena carrera, en una buena universidad. Se útil para la sociedad.
Y caí. Estaba solo, me había dado la espalda a mí mismo.
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